Libros debajo de un puente

imprimer envoyer a un ami
Partager, Share, Compartir

¿Llevar libros a familias que sobreviven debajo del puente de una autopista en Manila?

Sarah Ortega, voluntaria permanente del Movimiento Cuarto Mundo, nos habla aquí de su lucha junto a familias que llevan ya dos generaciones sobreviviendo debajo de un puente a ras de un canal en Manila, Filipinas.

Tenías 10 años cuando te conocí. Vivías con tu familia debajo de un puente, un lugar al que tú llamabas “mi casa”.

Escucho ahora el eco de tu voz cuando decías: “¡El rollo ese que os traéis con los libros no vale para nada!”. Te alejaste de nosotros, de otros niños. Sin embargo, todos los sábados estabas ahí, observándome como un centinela, con mirada cortante, llena de reproches. Eras orgullosa de pequeña, orgullosa como tus padres. Solías decir: “Mis padres nunca me dejarán mendigar en la calle”.

Me hizo falta tiempo para conocerte, lejos de otras personas, lejos de otros niños, hasta que nos hicimos amigas. Leímos libros, te sabías todas las historias casi de memoria. Hicimos muchas cosas juntas con tus amigos. Nos lo pasamos bien. Compartías tus pensamientos como todos los otros niños que estaban con nosotros. A veces hablábamos de sueños. Tú soñabas con hacerte profesora, con tener una casa para tu familia. Querías ser alguien, soñabas con ser como esa gente a la que llamabas “la gente de libros”. Estabas con nosotros cada vez que surgía la ocasión o había algún encuentro. Todavía tengo tu imagen en la cabeza, hace ya 14 años de eso. Fue en un gran encuentro organizado con ocasión del descubrimiento de una placa en honor de la población pobre. Allí estábamos también, entre la multitud, tú y tus amigas de pie junto a muchísima gente. Hasta el presidente del país se presentó al acto. Ibas bien vestida, como el resto de la gente, y llevabas una pancarta con nombres de niños de todo el mundo. Las pancartas rezaban: Queremos que todos los niños tengan las mismas oportunidades. Queremos decirle a todo el mundo que todos los niños deberían tener las mismas oportunidades. Una oportunidad como la de esos niños que reciben buena educación y que pueden ir al colegio. Las mismas oportunidades que esos niños que viven en casas bonitas y de verdad, y no debajo de un puente.

Después, un día, tuve que decirte adiós. Me fui a un país lejano para conocer a otras personas, a otros niños como tú. Has seguido creciendo a pesar de las dificultades de la vida, la cual se hizo tan difícil para ti y tu familia que no pudiste seguir yendo al colegio. No obstante, y pese a esos años en los que la vida se volvió en tu contra, has seguido creyendo y generando confianza entre la gente a la que llamabas “la gente de libros”. Has seguido acogiendo a los nuevos voluntarios, que se han hecho también amigos tuyos y que, al igual que yo, han debido dejarte después de cierto tiempo para marcharse a otra parte.

Diez años después nos volvimos a encontrar. Me dijiste: “Míranos, seguimos siendo igual de pobres que cuando éramos unos críos. Todavía vivimos debajo del puente. Nadie se ha hecho rico o famoso, al contrario, algunos de nosotros han terminado en la cárcel.” Aquello fue un auténtico revés para mí. No supe qué decir, se me formó un nudo en la garganta. Me sentía culpable de no estar a tu lado. ¿Cómo iba a poder seguir ahora? ¿Con todas esas esperanzas de la gente que me estaba esperando? ¿Tenía acaso que volver a empezar todo de nuevo? ¿Volverte a domesticar otra vez, como cuando eras una niña?

Va a hacer ahora cuatro años que viniste a pedirme que fuera contigo para “llevarle libros a los niños”. Fui contigo debajo del puente, a pesar de mis dudas y mis miedos. Me enseñaste cómo te habías hecho cargo de la situación con los chicos. Les leíste historias: vi cómo te miraban con admiración. Yo, por mi parte, te observaba con respeto. Estabas ahí, delante de mí, llena de energía, llena de vida. Estabas orgullosa, como cuando eras una niña.

Debajo del puente me presentaste a niños que yo todavía no conocía, como Romy, Tina, Robin, Jobeth… Son los niños de los niños que yo un día conocí debajo del puente, hace ya años.

Descubre mas sobre estas familias leyendo el libro de Marylin Guittierez, Gold under the bridge

photo

Allí donde hay hombres condenados a vivir en la miseria, los derechos humanos son violados.
Unirse para hacerlos respetar es un deber sagrado.

Joseph Wresinski

logo facebook