La libertad tatuada en la piel

El encuentro con un joven clandestino empeñado en encontrar la libertad
Foto ATD Cuarto Mundo Tanzania. (a la derecha: Niek Tweehuysen. La imagen no tiene una relación directa con el texto a continuación)
Durban, Sudáfrica, 2007
Una mañana, bordeando el boulevard que separa la ciudad del Océano Índico, me percaté de la presencia de un grupo de jóvenes mayores de edad que recordaba haber visto anteriormente por el lugar. Parecían obreros por sus monos de trabajo, chaquetas sucias y gorras, a veces incluso cascos, de diferentes empresas. No era tan sorprendente por la proximidad del puerto, pues se reúnen ahí al parecer por las duchas que hay a disposición de los turistas que frecuentan la playa. De hecho, muchos jóvenes las utilizan o para asearse o para lavar su ropa que secan después sobre el césped. A esta hora los turistas son contados, apenas algunos paseantes o gente como yo que van a tomar el autobús.
De repente llega la policía. Llegan a la playa furgones y coches de todas las esquinas al mismo tiempo y sin sirena. Rodean el lugar y los policías, porra en mano, salen pitando, junto con mujeres, hombres negros, blancos, todos con guantes quirúrgicos, algunos con dificultades al ponérselos, y todos persiguiendo a los jóvenes, la mayoría de los cuales escapan en todos los sentidos y abandonan ahí sus sacos, su ropa, incluso sus zapatos.
Veinte son rápidamente capturados y embarcados en los furgones, todo esto antes de que pueda darme cuenta de lo que ocurre. Cuando todo termina, intento averiguar quiénes eran esos jóvenes. Un jubilado, satisfecho del orden establecido, me explica que eran «gamberros» que buscan entrar en el puerto para esconderse clandestinamente en un barco y partir a donde sea con tal que sea lejos de África.
Al día siguiente, paso por el mismo lugar. Hay otros jóvenes, más numerosos incluso que el día anterior. Llega un break blanco abollado que aparca a lo largo del boulevard. Salen tres del coche: un hombre con la barba pelirroja, una mujer corpulenta de unos cuarenta y una muchacha de siete u ocho años que va saltando alrededor del coche. La mujer se aleja mientras la muchacha se queda con el hombre que abre el maletero en el que hay preparado un gran guiso, así como cajas llenas de pan. De forma casi imperceptible, los jóvenes de los alrededores se van acercando, se buscan los unos a los otros en la playa y se aproximan de nuevo para esperar su turno. Pronto son más de cien, blancos incluidos, los que salen a saber de dónde.
Dos coches de policía se aparcan a unos cien metros, uno en doble fila. No sale nadie, como si se tratara de una tregua, una especie de alto el fuego. Yo mismo paso cerca de la fila, sorprendido por el aroma a azafrán de esta buena cocina, casi tentado de ponerme a la cola yo también.
Cuando estaba a punto de alejarme, de repente detrás de mí, oigo: «Mzungu piki piki, wewe,.. ; ¡rafiki Mwananyamala, ndjo!» Estupefacto, vuelvo la cabeza y me doy cuenta de que un joven se dirige a mí. Sin duda lo que había oído era swahili, además de mi nombre y el del barrio en el que vivo en Dar-Es-Salaam en Tanzania. «¡Eh, blanco, tú, amigo de Mwananyamala. Ven aquí, compañero!»
En el momento no reconozco al interlocutor, pero me habla de Issa y Salehe, los colegas de mi equipo en Tanzania, sabe dónde vivo, conoce las tiendas de mi barrio e incluso los nombres de mis vecinos. Su llamada hace que pronto me vea rodeado por una veintena de jóvenes, envuelto en un olor particular, una mezcla de sudor y grasa hasta el punto que tengo que superar los impulsos de mi instinto para no apartarme.
Es Peter, ahora lo reconozco. Cada mañana viene a jugar al fútbol delante de mi casa. Lo invito a tomar algo. Primero le pide a un amigo que le cambie su pantalón, más adecuado para venir conmigo a la terraza de un café. Agoto todos mis conocimientos de swahili, su inglés no es muy comprensible, pero aun así conseguimos entendernos bastante bien. Hace tiempo que se fue de Tanzania. En el puerto de Dar es Salaam una noche consiguió escalar por un cordel de amarre hasta un carguero que transportaba pescado en cámaras frigoríficas. Se atrincheró entre dos cámaras, justo en la zona en la que los motores daban un poco de calor. Tenía un pequeño saco con agua y nueces para comer. Permaneció escondido en ese lugar durante 17 días. Pudo comer algo del pescado que caía de las propias cámaras.
«Estaban podridos, pero era mejor que nada. Por el día hay que tener cuidado de no hacer ruido, pero por la noche, cuando duermes, no puedes controlarte. Yo ronco, y a veces hasta hablo mientras duermo. Es así como me encontraron. Me sacaron de mi escondite a bastonazos y me pegaron en las rodillas hasta que ya no podía sostenerme en pie. De todas formas, no había posibilidad de huir del barco. Aun así, me dieron de beber- la sed es lo más duro de todo- y de todas formas ya no me quedaba agua. Incluso si no me hubieran encontrado, habría tenido que intentar hacer algo para poder beber.
Más tarde me preguntaron de dónde venía. No podía mentir: el barco venía de Dar es Salaam y antes de eso no sabía. Después me hicieron rascar las cámaras… (Por su gesto, imagino la repugnancia de las cámaras en cuestión). Tenía que estar siempre fuera. Hacía mucho frío. Por suerte, a veces venía un marinero y me daba restos de comida. Me sacaron en Ciudad del Cabo para entregarme a la policía. En estos casos, el capitán debe pagar una multa para repatriar a los clandestinos. Pasé un mes en la cárcel y luego me soltaron. Sólo tenía un pantalón sin cinturón y una camiseta, ni zapatos, ni bolso, nada. No hace falta que te cuente lo que he tenido que hacer para seguir vivo.» (Su risa busca mi complicidad.) Ya hace cuatro meses que llegué: entras y sales de la cárcel, te llevan a comisaría, te muelen a palos… Aquí, con los colegas, más o menos nos arreglamos. A veces nos trae comida gente de la iglesia, musulmanes, hindús también… No hacen preguntas, nos la dan y se van. Son buena gente…
Esta vez me cayo y le dejo frente a su desafío. Tras un silencio, le pregunto a dónde le gustaría ir ahora. Su orgullo dibuja una sonrisa en su rostro. Se levanta la camiseta hasta el cuello. En el pecho, dos tatuajes: uno, terminado, representa la Estatua de la Libertad de Nueva York; el otro, sin terminar, representa lo mismo. Me explica: El primer amigo que me lo hizo no sabía dibujar. Por eso otro me hizo el de al lado. Los dos comenzamos a reír sin poder parar. Antes de separarnos, nuestra conversación recupera una cierta gravedad. Peter me confiesa: Hasta ahora he tenido suerte. A otros amigos, los encontraron y los tiraron por la borda. Hay muchos que terminan así… Pero los hay que lo consiguen. Un día, yo lo conseguiré.





